Hace veinte años que su padre estaba establecido en la ciudad con su negocio. Había logrado imponer respeto. Sus empleados solo atinaban a cumplir ordenes, sus amigos solían decir que tenía la razón y a su primer hijo lo adiestro de tal manera que nunca se atrevió a contradecirlo. Hasta la escena que me tiene intrigado, Ever era como todos ellos.
Parece que en esa ocasión, hubo un desajuste en la mente de Ever. Lo intrigante es por qué esta situación cambió el imaginario que tenía de su padre, si al siguiente día cuando llevó al colegio la tarea de matemáticas con los números perfectamente ordenados en filas de cinco la profesora lo felicitó ante toda la clase porque justo eso era lo que buscaba. Cualquier niño pudo haber pensado que el padre tenía la razón, y que debía hacerle caso. No obstante, en Ever surgió el interés por contradecir.
De ahí en más, creció refutando a su padre: Desde cuál bus debía tomar para ir a la escuela, hasta el regalo que debía comprarle a su madre. Su padre le decía que debía tomar, al igual que su hermano mayor, el bus Sobusa porque era el más rápido para llegar; pero Ever tomaba la ruta alterna Alianza Sodis. Efectivamente su hermano llegaba primero a clases. Lo mismo sucedía con los regalos a su madre: En alguna oportunidad su padre lo llevó a un centro comercial para comprar un obsequio a su madre, el padre le insistió que comprara el reloj y no los chocolates. Ever compró los chocolates y se los entregó a su madre que fingió estar encantada. Luego, por pura casualidad, se enteró de que ella hubiera preferido un reloj.
Entonces entendió que su padre siempre estaba en lo correcto. Descubrió que él era quien estaba desencajado, que su padre lo iba a llevar por el camino apropiado, pero pensó que tal vez ese camino no le interesaba, más bien le interesaba recorrer el otro camino que aún estaba por descubrir.
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